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Toma tu Cruz y sígueme

El Señor nos a Salvado por pura Misericordia y nos habre las puertas del Cielo por pura gracia,

por lo tanto, que el hombre sufra, -su pueblo, sus hijos, su iglesia, su cuerpo Místico-, no es

para merecer la Vida eterna que, no es dada por nuestros méritos para que nadie se gloríe.

Pero El Señor Para Redimirnos, sufrió con su Espíritu como también con su Cuerpo como bien

sabemos. Por lo tanto, La Iglesia, su Cuerpo Místico, la que posee su Espíritu, es Cuerpo Santo

en la Gracia de Dios, y cuando sufre éste cuerpo por amor a Cristo Redentor Nuestro, Éste

Señor Nuestro nos está haciendo participar de sus Sufrimientos, haciendo que así colaboremos

nosotros con su Redención, la cual fue dada por medio de su Sacrificio en la Cruz, y todos sus

padecimientos. De tal colaboración sabemos, no es porque tenga Él necesidad de ello, sino

porque nosotros la tenemos y así es Perfecto, ya que ésto, no es sino una gran dignidad que

nos otorga nuestro Salvador, por sus propios Méritos, por su Gracia, por su Misericordia y por

su Amor, para hacernos aún más gratos a Dios su Padre y Padre Nuestro. Siendo así, muy

notable y admirable la realidad con que Nuestro Señor también nos hizo Hermanos suyos, muy

menores, pero también muy grandes a su Amor. Con todo esto, no cesa de regalos y nos da

mérito para crecer en Santidad y Perfección y poder ser instrumentos de su Salvación,

colaboradores de esta misión que Dios le dio a su Hijo y en Él, por participación, a quienes le

son hijos por adopción. De cuanto hay y haga falta mencionar al hablar de esto, nunca

debemos ignorar que todo es por Gracia de Dios, que en nosotros los redimidos, quiere El

Padre ver a su Hijo Redentor. La Redención ya fue dada y lo que se tenía que hacer está ya

hecho por El Hijo De Dios; mas sin embargo, el participar ahora de las Intenciones y Trabajos,

de los sufrimientos de Cristo y con éstos de su redención, -que Está Dios y sus designios muy

por encima de los límites del Tiempo- es ahora necesario, para que la Sangre de Jesús que

derramó por todos, no sea estéril en nosotros al igual que en toda alma, a las que llevemos en

nombre de Cristo éste Amor, haciéndonos pues, participar también de esta labor. Jesucristo,

Hijo del Dios Vivo, El Santo de Dios, El Mesías, El Salvador y por quién todos somos salvos; Es

Él el Redentor y su creación humana somos los Redimidos. Ser coredentor no significa ser otro

Redentor igual a Cristo, enviado a Salvar al Mundo que habitaba en las tinieblas del Pecado del

cuál era esclavo y estaba imposibilitado para entrar al cielo, pues por Jesucristo Señor Nuestro,

se abrieron las puertas del Paraíso y por Virtud de su Sangre fuimos capaces de poseer el

Reino de Dios; los que por nuestra miseria éramos indignos, por la Misericordia de Dios y la

Redención de su Hijo, nos hizo Hijos adoptivos y herederos de los Bienes de su Reino. Jesús,

Víctima Pura y Perfecta, Cordero de Dios inmolado por nuestros Pecados, quien da su Vida por

Nosotros y toma sobre sí todas nuestras culpas sin ser perdonado de ellas, sufriendo sus

consecuencias hasta verse abandonado de Dios y de los hombres. Es Cristo Jesús por quién

alcanzamos el perdón de nuestros pecados y por quién volvemos a Dios, irreprochables en su

Presencia. En consecuencia, la Gracia de ser pequeños coredentores por participación, es

también Gracia del Don de Dios, que nos hace de estar unidos a Cristo. En ejemplo de esta

unión que nos trajo la Encarnación del Vervo de Dios, su Hijo: Está su Santísima Madre, La

Siempre Virgen María, su Apóstol San Juan representando a los demás apóstoles y algunas

Mujeres Santas representando a los Discípulos. Unidos a Cristo es que podemos ser llamados

por Cristo pequeños coredentores, partícipes de su Amor, de sus Sufrimientos y sus Dolores, y

con ésto además, participantes de su Dignidad de Hijos de Dios. ¿Cuanto más puede decirse

ésto de la Santísima Virgen María que sufrió y fue más grande su Sacrificio que el todos los

hombres, habidos y por haber? Pues bien, de su Profunda Unidad con Dios en Virtud de su

Hijo, ya hemos meditado y es más aún lo que desconocemos. Por lo tanto, Llamar a Nuestra

Madre la Siempre Virgen María como Coredentora, es alabar y glorificar a Cristo quién se la

preparó para sí, nos la dio para Madre y por quién se nos dio el Fruto de la Vida. Ya que por

Ella, participamos todos de la Gracia de Cristo siendo Ella Mediadora de todas las Gracias y la

predecesora de los Milagros de Nuestro Señor, como lo vemos en las Bodas de Caná de

Galilea. En cuanto a los Santos y Fieles de Dios, al llamarlos pequeños coredentores por su

Unión con Cristo, es para meditar así, en la Dignidad que tiene lugar en La Virgen María, que participa sin comparación alguna de la Gran Dignidad de Cristo. Por último...es también Gracia

de esta unión con el Redentor en el Don singular de participar en los Sufrimientos de Cristo,

que sus Santos, Escogidos y Fieles hicieron la Voluntad de Dios con Valor hasta el Martirio,

que supieron morir continuamente a sí mismos, que fueron humildes y se humillaron ante Dios

sobrellevando un Continúo Martirio, soportando con Paciencia y Amor muchas humillaciones y

desprecios, que nunca buscaron honras, sino que evitaron se les tuviese demasiado aprecio,

apartándose muchas veces de las ocasiones, de las personas y sus elogios, que después de

ser ensalzados deseaban más el desprecio. Y si sucedía que obraba algún Prodigio Dios a

través de ellos, por su mediación como por su vida de Santidad, Oraciones y Sacrificios, se

tenían en tal indignos que no ponían en ello su corazón sino en su Unión con Cristo, Unión por

medio del Sacrificio, del Testimonio de Santidad y de la Virtud en la que pusieron todo su

ejercicio, siendo constantemente vigilantes en tal oficio. Los Méritos los da Dios por su Gracia y

su Gracia por la Unión con Cristo nuestro Redentor. El Señor Dice que con un poco de Fe

podemos mover montañas, y que por la Fe y el testimonio de la misma estaremos Salvados,

por lo tanto la Fe, por la que Habrahám ofreció a su Hijo obedeciendo al Señor que le había

probado, y la Fe por la que María La Virgen creyó en todo lo que por el Ángel Gabriel se le

había anunciado, es la misma Fe que participa de la Salvación de Cristo. Por consiguiente, la

Fe se manifiesta en la Unión con Cristo, con su Voluntad, con sus Palabras y sus Obras...

 
 
 

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